La enfermería en la sangre

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A Osana Fernández Vázquez, miembro del contingente cubano Henry Reeve, la COVID-19 le ha arrebatado algunas sonrisas, pero no las ansias de salvar vidas sin importar la latitud. Ella persigue sus sueños hasta hacerlos realidad, no teme, no se rinde ni en las peores batallas. Es de las que empujan, salvan, construyen, confían, sanan.

Frente a uno de los bloques del representativo edificio de estilo Art Decó que acoge al Instituto Politécnico Calixto García Íñiguez de la cabecera provincial, conocido como ITH, y que devendrá próximamente en una unidad de vigilancia intensiva, Osana accedió a dialogar con ¡ahora! digital sobre sus experiencias profesionales y personales, marcadas por el amor a su profesión.

“Mi mamá es enfermera. Para mí era un orgullo verla llegar siempre con su uniforme bien blanquito y el pelo acomodado. En ocasiones iba a los hospitales con ella, veía el trabajo y me gustaba, por eso es mi referencia”, aseguró.

“En 9no grado me llegó la carrera, pero se dio la casualidad de que en esa fecha la pasaron para 12 y entonces me ofertaron la especialidad de Dibujo Mecánico. Cuando me llega otra opción, mi madre, tal vez como sabe lo sacrificada que es la enfermería, me sugirió que lo pensara bien y evaluara. Pero le dije que no, que yo iba a ser enfermera. Entonces terminé el duodécimo grado en el preuniversitario de San Andrés y luego comencé los estudios de técnico medio en el politécnico de la calle Arias”.

De aquella etapa recuerda a “profesores maravillosos como Olivia Caballero. Cuando culminé la enseñanza técnica empecé en la Terapia Intensiva del Lenin, de ahí hice las pruebas de ingreso y entré a la licenciatura, a los tres años de graduada. En esa etapa nos examinábamos en la sala donde trabajábamos. Después me trasladé para el hospital Clínico Quirúrgico Lucía Íñiguez Landín, donde realicé el Diplomado en Cuidados Intensivos”.

“Formo parte de la `Henry Reeve` desde el 2005 cuando salí para Pakistán, donde estuve seis meses. Esa fue mi primera misión. Posteriormente tuve la oportunidad de viajar a Venezuela y la más reciente tarea, ya en tiempos de COVID-19, fue en Azerbaiyán”.

“En Europa fueron vivencias bastante fuertes. Llegar y encontrar un pasillo largo lleno de fallecidos y empezar a transformar todo aquello. Ayudar a cambiar métodos, costumbres, formas. La COVID es una enfermedad muy triste.

Te tienes que cuidar sin desatender al paciente y no puedes apartarte de él. Nosotros también tenemos miedo, pero debemos hacerlo porque se trata de un ser humano. Tienes que protegerte, cuidarte y atenderlo”, detalló.

Cuando se encontraba distante de su país, de su familia, tuvo “la amarga experiencia de perder a mi papá, eso afecta psicológicamente. Esta es la fecha en que yo no he podido llorar a mi papá ni pude despedirme. Llegué y no he podido abrazar a mis hermanos. Tengo a mi mamá y a mi tía aisladas en la casa, no las dejo ni asomarse”.

A su regreso se incorporó al enfrentamiento a la pandemia en la provincia de Matanzas, que entonces experimentaba la situación más difícil del país. “Estaba bien complicada, ofrecimos nuestros servicios en el hospital provincial Doctor Faustino Pérez”.

A sus 31 años de labor consagrada a la Salud Pública en Cuba, con prestaciones significativas en otras regiones del mundo, esta enfermera de cuerpo y alma reconoce la importancia del trabajo en equipo, de la unidad de esfuerzos en pos del bienestar de los dolientes.

“En las terapias se aprende a trabajar en equipo, porque todos tienen que estar en función de que los enfermos se recuperen. Tienes un jefe de sala, un jefe de team. Existen otras personas que te van a apoyar en algún momento a resolver las necesidades del paciente y todos desempeñan un rol necesario. La ropera, el mensajero que va urgente a buscar un medicamento. La agilidad con que la secretaria te ayude a elaborar un pedido para sacarlo en el menor tiempo posible.

“Cuidados intensivos es una especialidad bastante compleja, muy bonita y en la que aprendes mucho. Cuando dominas esos conocimientos, puedes incorporarte donde quieras. Aunque resulta molesto a veces porque te adaptas a una unidad cerrada y tienes menos vínculo con los familiares y acompañantes.

“Es reconfortante cuando salen curados. Lo más complejo es ver morir a un ser humano, aunque sepas que no hay remedio, que has hecho todo. No obstante, si volviera a nacer, sería enfermera. Es lo que me gusta. Me gusta salvar vidas. Me gusta sacrificarme para que las personas se salven. Es una cuestión de humanismo”, aseguró.

Osana se encuentra preparada y dispuesta para iniciar su próxima misión, esta vez en tierras holguineras, en la unidad de vigilancia intensiva que se alista en el ITH para recibir casos de mediano y alto riesgo.

En cuanto al escenario epidemiológico que actualmente muestra la provincia, reflexionó: “Nos ha faltado un poco de conciencia de la población. Se ha perdido percepción del riesgo. Me duele verle la cara a mi gente, a mi pueblo, porque no los veo contentos. Mi país no está contento. Los holguineros no estamos contentos con esta situación, pero tenemos que poner más de nuestra parte. Tenemos que cuidarnos más.

“Nosotros estamos agotados física y psicológicamente. Necesitamos que se mantengan en sus casas, que se busquen alternativas para acercar los productos a los hogares y evitar la salida innecesaria de los más vulnerables. No podemos seguir así, esto se va a acabar si ponemos de nuestra parte.

“Tengo dos hijos. Sufro todavía la pérdida de mi papá, mas permanezco aquí, y estaré donde la Revolución me necesite, donde mi país me necesite. Mi familia está preparada para respaldarme, pero necesito que esto se termine para poderlos abrazar”, concluyó.

Fuente: Ahora.cu

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