Diario médico, en Zona Roja

Por: Lourdes Pichs Rodríguez
El beso de despedida de su pequeña Ángely Alejandra fue su fuerza y bálsamo para tantos días fuera del hogar. Mientras que las videollamadas de cada noche con la niña de tres años resultaron una mezcla de añoranza y compromiso durante las jornadas de enfrentamiento directo a la COVID-19.
Así lo revela el doctor Rubén Alejandro Suárez Ricardo en su “diario” de campaña. En cada letra escrita hace honor a su signo zodiacal Acuario. Por eso este joven de 32 años se nos muestra altruista, compasivo, humanista, soñador y perseverante, pero también leal a sus principios y muy trabajador.
“En la tarde noche del viernes 10 de abril fui llamado por la Dirección del hospital clínico quirúrgico Lucía Íñiguez, donde me orientan que al día siguiente debía estar a las 8:00 am para permanecer, a tiempo completo, por un periodo de 28 días como integrante de la primera brigada que trabajaría en nuestro centro. Atendería pacientes sospechosos y algunos positivos a la COVID-19, hasta su traslado definitivo hacia el hospital militar Fermín Valdés Domínguez.
“Para la tarea ya estábamos preparados psicológicamente, tanto mi familia como yo, pues la disposición la habíamos dado días atrás. Al llegar a la institución se conformaron las brigadas de trabajo y la distribución por las diferentes salas habilitadas hasta ese momento.
Bien protegido siempre.
“Comencé con la incertidumbre y preocupación de dónde sería la ubicación hasta que nos asignaron Sala de 5to D. De todas las preparadas hasta ese instante, era la más compleja, pues allí atenderían a todos los pacientes contactos directos con casos positivos y que, además, presentaban sintomatología respiratoria, por lo cual los cuidados tenían que ser mucho mayor a la hora de estar en contacto con estos pacientes.
“Nunca dudé en decir sí y ahí estuve hasta el lunes 27 de abril, dando lo mejor de mí. Bonitas, tristes e inolvidables experiencias tuve durante esa estadía lejos de mi familia a la que amo con todas las fuerzas de mi corazón y, principalmente, a mi pequeña Ángely Alejandra, quien cada noche me llegaba a través de una videollamada.
“Ella, al no entender sobre lo que estaba sucediendo, me decía que no podía hablar conmigo, porque se ponía nerviosa, lloraba, se tapaba los ojos e indicaba que me extrañaba. “Eran sus palabras textuales. Detalle que me conmovía por salir espontáneamente de una niña de solo tres años, la cual es muy apegada a mí. Por eso cada segundo que pasaba la exigencia era mayor, pues pensaba en ella y la familia. Motivos más que suficientes para cumplir con disciplina exacta las instrucciones recibidas en el curso introductorio.
“Para todos fueron tiempos, días muy difíciles, Primero, a la hora de colocar el vestuario, cumplimentando con rigor las normas de bioseguridad, que son inviolables en ese escenario. Ellas comienzan desde el baño antes de entrar a la sala hasta terminar colocando el traje, conformado por gorro, gafas, lámina protectora, que está por encima de los espejuelos, nasobuco, ropa verde y sobre ella la bata quirúrgica, los guantes y por último las botas.
“Las primeras horas de la jornada de trabajo era muy sacrificadas, por el calor que existía en ese momento hasta que la mente y cuerpo se adaptaban a la vestimenta protectora y luego el requerimiento de aplicar agua, jabón e hipoclorito por incontables veces en el día.
“Otro momento engorroso era cuando debíamos comunicar a un paciente, cuyo test rápido era positivo y había necesidad tomarle la muestra nasofaríngea para la prueba PCR en tiempo real, con la cual se confirmaría o no el diagnóstico de la COVID-19. Así como decirle, una vez validada la determinación, de su traslado inmediato hacia el hospital militar. Trance que conmovían hasta el corazón más duro.
“Compartimos con muchos de ellos, tristeza, preocupaciones hasta el llanto tanto del positivo como la alegría por la negatividad a la enfermedad de otros, pero siempre con la convicción de que estaba ahí para hacer bien y tratar lo mejor posible a los que nos necesitaban y dando fe de que todo saldría bien y que egresarían recuperados a sus casas tras su tratamiento en el Hospital Militar.
“Nuestro equipo estaba conformando por dos médicos y dos enfermeras, los que funcionábamos como una sola persona. Al entrar a cubículo al examen de los ingresados, cada uno supervisaba el trabajo del otro, con el objetivo de evitar violaciones y así corregir cada detalle que pudiéramos estar haciendo mal, con el objetivo de que en la próxima jornada fuera mucho mejor.
El joven doctor siempre con su sonrisa en los labios y haciendo galas de su predilección por el trago de café. Fotos: Cortesía del Entrevistado
“Tuvimos la posibilidad de conocer a muchas personas, que quizá veíamos en un pasillo del hospital, pero con quienes nunca habíamos interactuado. Hicimos una sola familia en las diferentes zonas de descanso, ya fuera en la Villa Garbo, en mi caso o en el hotel Santiago, al cual fue una parte de mis compañeros. Todos esperábamos ansiosamente las 9 de la noche y nos aplaudíamos desde los diferentes escenarios.
“Usábamos varias formas de saludos, ya que no nos podíamos abrazar o besarnos. Que iban desde chocar los codos hasta tocarnos con las puntas de los zapatos, así estuvimos durante todo ese tiempo. Cada uno de esos detalles lo hacía pensando en mi profesión, en las personas que me necesitaban y, principalmente, en la familia que me esperaba y contaba segundo a segundo los 28 días que nos separaban del reencuentro. Eso me hacía más exigente para no violar ninguna de las medidas, para poder salir de allí en perfectas condiciones.
“Una vez cumplido el periodo planificado nos trasladaron hacia la villa de campismo, en Playa Blanca, a cumplir con los 14 días de cuarentena reglamentados, según protocolo, por nuestro bien, el de la familia y el de todos. Allí se nos haría anhelada la prueba de PCR, de cuyo resultado dependía el regreso a casa.
“Después de recogida la muestra comenzaría entonces la etapa de la incertidumbre, las preocupaciones, del estrés por conocer si estábamos enfermos o no, si habíamos cumplido o no estrictamente con las normas de bioseguridad hasta que en la mañana del martes 5 de mayo, al fin llegaba la noticia de mi negatividad al SARS –CoV-2. Vaya alegría, pero que no era completa, pues desafortunadamente dos colegas sí eran positivos.
“Repuesto de la noticia, respiré con tranquilidad. Era el instante de hacer partícipe de la buena nueva a la familia y amigos, que durante tantos días habían estado pendientes de mi evolución.
“Otros 14 días más de aislamiento y distanciamiento social me esperaban, pero esta vez en casa. De los vecinos y la familia llegaría el recibimiento como a un héroe. Esa es la mayor y mejor recompensa por el cumplimiento del deber.
“Ahora ya otra vez en el trabajo. Una nueva misión en tiempos de la COVID-19 desde el hospital universitario Vladimir Ilich Lenin, en el Cuerpo de Guardia de Politrauma, como residente de segundo año de la especialidad de Cirugía General”.
Rubén Alejandro, quien también ha cumplido otras importantes misiones médicas, como la de colaborador en Venezuela, cierra las páginas de su diario sobre las vivencias de su duelo directo por la vida contra el nuevo coronavirus, pero no así su contribución a los esfuerzos de la provincia por el control y prevención de la enfermedad, porque “conmigo siempre pueden contar”.
Fuente: Ahora.cu

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